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El domingo transcurrió con una calma engañosa que hizo creer a Matthew Calloway, al menos durante unas horas, que la vida por fin le daba un respiro. Le había prometido a su madre un paseo, no una visita apresurada entre reuniones ni un almuerzo distraído interrumpido por llamadas, sino un verdadero paseo, lento y pausado, por uno de los antiguos parques públicos de Denver, donde los árboles aún conservaban la serena dignidad de haber presenciado vidas enteras transcurrir bajo sus ramas. Helen caminaba a su lado, con la mano entrelazada con su brazo, pasos cuidadosos pero firmes, y hablaba de cosas cotidianas como el cambio de tiempo y cómo los patos cerca del estanque se habían vuelto lo suficientemente atrevidos como para acercarse a desconocidos. Matthew escuchaba, asentía, sonreía cuando correspondía, pero en su interior sentía un vacío que ningún contrato ni logro había conseguido llenar.
—Pareces estar en otro mundo —dijo Helen en voz baja, ajustándose la bufanda—. El éxito no debería pesar tanto sobre una persona.
Matthew soltó una breve risa e intentó desviar la conversación, pero antes de que pudiera, doblaron una curva del camino y el mundo cambió. En un banco de madera bajo un gran arce, una mujer dormía acurrucada ligeramente de lado, con una postura protectora y el rostro demacrado por el cansancio. Junto a ella había un cochecito para tres, y dentro, tres bebés dormían plácidamente, entregados a la tranquilidad propia de los bebés que solo confían en el ritmo de su respiración. Matthew se detuvo tan bruscamente que su madre casi tropezó. La revelación lo golpeó sin piedad. La mujer era Paige.