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Entonces sonó mi teléfono.
Yo ya sabía por qué.
Porque alguien acababa de llamar a la puerta principal de esa mansión.
Contesté al cuarto timbre.
—¿Quién demonios está en mi casa? —gritó.
Esos papeles aún se estaban secando a mi lado.
“No deberías hacerlos esperar.”
Entonces, pánico.
“¡No puedes hacer esto!”, dijo. “¡Esa es mi casa!”
—Mi casa —repetí—. Qué palabra tan curiosa.
Entonces le dije la verdad.
Se quedó callado.
“Ya lo he hecho.”
Y colgué.
Esa misma tarde, todo empezó a derrumbarse.
Estaban cambiando las cerraduras.
El personal estaba confundido.
La ilusión se había desvanecido.
Pero la casa fue solo el comienzo.